Yeong Hwan Choi
La gente vive sin comprobar nada por sí misma. No pregunta qué se hizo ni cómo. Tampoco con qué criterios funciona todo. Preguntar incomoda. El resultado, en cambio, llega rápido. La interpretación baja desde arriba y la vida diaria continúa sin tropiezos visibles. Así, poco a poco, el ser humano aprende a no intervenir. Mientras traducía, crucé lenguas y formas de pensar de distintos países. En todos encontré el mismo gesto: sistemas que vigilan lo que contienen y poderes que se afirman como neutrales. Las leyes antidiscriminación en Occidente, el entramado regulatorio de la Unión Europea, el modelo chino de control. Todo eso se filtraba en la sociedad coreana sin cambiar de nombre. Este libro sigue el rastro de un poder que no se puede comprobar y que, aun así, acaba instalado en el juicio cotidiano. Lo que nace en la política y en los sistemas reaparece en casa como frase hecha, en el trabajo como norma, en la familia como corrección. El Estado ocupa el lugar desde el que interpreta al individuo. La explicación llega después. La objeción se señala como conspiración o como odio. El ciudadano acepta el resultado antes de entender el proceso. Yo di un paso atrás frente a los valores que el mundo dice defender. No esquivar la incomodidad también era una decisión, y preferí asumirla. Todo empieza en un día cualquiera. La puerta de la cocina que se cierra sola. Las letras que avanzan sobre el papel. Una caja sin etiqueta en un rincón del área de reciclaje. El paso rápido por una máquina de pago automático. Son gestos breves. Y, aun así, algo no encaja. Un sistema de votación imposible de comprobar. Un poder enredado entre tribunales y gobierno. Instituciones más ocupadas en conservarse que en responder. Todo seguía el mismo hilo. Cuando el texto se acercaba al final, el sistema retrocedía y quedaba a la vista algo más primario: los reflejos más básicos del ser humano. Incluso la disposición a aceptar ese estado como normal. Si lo único que puedo hacer es dejar constancia, no quiero hacerlo con prudencia fingida.Prefiero comprobarlo por mí mismo. Ver cuán fácil se fija una causa. Cuán rápido se cierra una interpretación. Y a quién le sirve ese cierre. La requisa de la igualdad fue solo una pausa. Un modo de detenerse ante una pregunta. Retrasar la aprobación. Dejar las cosas como están. Por esa incomodidad, hoy también escribo una frase más.